sábado, 23 de agosto de 2014

Capítulo I: Una cariñosa que se va.

25 años y una de mis mejores amigas se casa. Se casa. Ustedes dirán que ya es buena edad para casarse, que no me debería asombrar porque una ya está bien peludita, que ya no es ná tan joven. Yo no sé qué se cree usted, pero yo aún estoy muy joven para estos trotes.

A estas alturas de la juventud en cuenta regresiva, uno suele empezar a escuchar que al mundo veintisiempril le baja la locura por el casorio y que cada cierto tiempo una pareja de amigos, sin más excusa que “es el siguiente paso”,  se termina por poner argollitas con brillantes con la promesa ya tan manoseada de amor eterno. Amigos, ya todos sabemos que el amor eterno dura aproximadamente 3 años, en los casos más optimistas. No nos engañan, no se engañen. No sean longis.

Una siempre ve en las redes sociales a la típica amiga de la matrimoniada/ el matrimoniado que se queja que “todas sus amigas se casan” o que “todas tienen guaguas”  mientras ella está o vieja, o viendo como se le pasa el tren (pero que expresión más ridícula) y ahí a una le baja la india y dice: ay que le pone color la weona, si es un matrimonio no más. Y ahora que el tema me toca de cerca… sigo pensando lo mismo, mujeres exageradas! Nadie les pone una soga al cuello ni nada por el estilo. El reloj no es ná biológico, señoritas, es mental y se llama desesperación. Perdonen a la que le quede el poncho.

Pero bueno, el caso de mi amiga es diferente. Es como una historia apoteósica de partidas, desencuentros, amor y mucha cueva. Mucha, pero mucha cueva. La Rusia, le resguardaremos el nombre, se fue de Au Pair (un nombre fancy para decir cuidacríos) a Estados Unidos hace un par de años. Para llegar allá lo pasó como el forro, junto y sacó plata de lugares impensados, trabajó en horarios insensatos y engordó como vaca (amiga, te amo). Le puso color la loca, se esforzó y la hizo. Bien ahí.

Al tiempo la Rusia ya estaba aburrida, que no conocía a nadie y que no sabía qué hacer. Así que hizo lo que cualquier mujer desesperada en un país extraño haría: meterse a una página de citas. Sí, tal cuals. Ahí conoció cuanto gil hay en el mundo de los giles. Y giles gringos, pa más remate. Osea giles por dos. Hasta que, maravillosamente, conoció a uno que no era tan gil. O que era gil de la manera en que ella era gila también. Se complementaban y todo eso que una no entiende. Salieron varias veces y la amiga siempre contaba que le encantaba el gringo, que congeniaban, que se reían de las mismas cosas, que les gustaban las mismas películas. Hasta que la cosa se puso más formal. Empezaron a  salir más seguido y ya no recuerdo en que momento estaban de pololos. El gringo era re simpático, tanto que nos aguantó una noche de webeo virtual con mi grupete de amigas. Y puta que lo webiamos. Un jumbito pal gringo.

Cuando los papás de mi amiga fueron de visita el mundo angloparlante de barras y estrellas (sí weon, a EEUU), el gringo no encontró nada mejor que pedirle matrimonio, aprovechando la visita suegril. Pal pico po, se ganó el cielo y a la suegra de paso. Difícil ganar tanta weá junta. Y desde ahí ha sido un sinfín de hiperventalaciones por parte nuestra, que siempre pensamos en la idea romántica de ser bridesmaids de la Rusia, que como iba a ser todo en el momento, que no había fecha aún, que venía a casarse acá, que se casaba allá. Y nosotras que no dábamos de alegría y de orgullo porque nuestra amiga se quedaba en Gringolandia con gringolandio a tener gringuitos rubios de kindergarten.

La cosa es que ahora vamos las amigas en patota, con camas, petacas y pololos (mención honrosa al Nelson que va con nosotras) a Estados Unidos para el ansiado matrimonio de la Rusia gringa. Nos ha costado tanto organizarnos y estar seguras, que ahora recién, dos semanas antes, estamos dándonos permiso de hiperventilar libremente. Las juntas ya no son juntas si no se habla del vestido o del día D, comentarios que no existen sin la clásica mano en la boca mientras hablamos en el tono más agudo que nos permiten nuestras voces.



En fin. Espero que el capítulo 2 sea escrito pronto: “Las peripecias de las cariñosas para llegar a USA y si vivieron para contarlo”

2 comentarios:

  1. Amigaaa, mención honrosa a Nelson <3
    Que bacan leerte. Debo reconocer que no pude evitar poner mi mano en la boca como describes ahí... es que pensar en ese momento es cuaaaatico.
    Te faltó mi "excusa" del casorio. Mi gran pro es que quiero la fiesta. Sí, tengo complejo de ser en centro de atención.


    Te amo rusia, te amo colombia, te amo Nelson.

    Atte.
    "Sweethomee"

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    1. uhhh, voy a ampliar la entrada y la voy a poner efectivamente.
      La fiesta es LA razón por la que me casaría xD

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